Durante el verano hay muchas posibilidades de dedicarse a eso que se conoce como el ocio; en una reciente entrevista, el escritor Sánchez Ferlosio ha dicho con mucha preocupación que “todo es diversión; el ocio es lo único. Estoy muy desolado y cabreado”. Sin llegar a esos niveles de cabreo, es interesante señalar la cantidad de posibilidades que tenemos para poder perder el tiempo. Ya hemos hablado mucho más de lo deseable del Pokemon; como queremos ser constructivos, hoy proponemos la lectura de Dostoievski. Toma ya. Es de esperar que alguno de nuestros escasos visitantes y lectores salga pitando inmediatamente de nuestra web al leer tan absurda recomendación, pero para aquellos que siguen aquí me gustaría poder aclarar qué posibles ventajas puede tener para una persona contemporánea dedicar tiempo a leer a un autor ruso del siglo XIX.
En primer lugar debemos explicar con algún cuidado los problemas que Dostoievski plantea para cualquier persona corriente. Las grandes novelas de Dostoievski –Crimen y Castigo (1866), El Idiota (1869), Los Demonios (1872) y Los Hermanos Karamazov (1880)- son un conjunto colosal de mamotretos completos; son novelas que, según la edición que se lea, andan entre las 600 y las 1400 páginas. Esto es una barrera insalvable para muchos ciudadanos, que por motivos de tiempo o de concentración no pueden afrontar un trabajo de estas características. Desde un punto de vista del tamaño, la única novela manejable de entre las obras mayores del escritor ruso es El Jugador (1866), y creemos que puede ser un buen punto de partida para quien no conozca nada de Dostoievski, aunque uno cree que es una novela que no está a la altura de las otras, de los mamotretos.
El segundo punto en contra que tiene Dostoievski para un lector español más o menos convencional es el asunto de los nombres de los personajes. Seamos sinceros: Dostoievski pone muchos personajes en sus novelas y se refiere a ellos con hasta cuatro nombres diferentes para cada uno (nombre de pila, apodo, segundo nombre, nombre completo, etc), y todos son nombres rusos, así que tenemos que alejarnos de la pedantería profesoral y confesar que es difícil mantener la concentración cuando estamos tratando de seguir las peripecias de Nikolai Vsevolodovich Stavrogin, Marya Timofeevna Lebyadkina, Stepán Trofímovich Verkhovenski, su hijo Pyotr Stepanovich Verkhovenski y toda una colección de nombres difícilmente discernibles e identificables. Esto de los nombres parece una tontería pero añade una piedra al saco que hay que levantar para leer al escritor ruso. Nosotros recomendamos empezar una novela de Dostoievski en unas condiciones de aislamiento momentáneo y tratar de mantener ese ambiente de concentración hasta la página número 200, más o menos, y a partir de ahí verán ustedes que eso de los nombres rusos no les supone ninguna complicación.
Hechas las advertencias que corresponde hacer, es el momento de hablar de lo bueno, que es muchísimo. Cuando uno está ya dentro de una de estas novelas, empieza a darse cuenta de varias cosas chocantes. En primer lugar, lo que nos trae y nos lleva en una novela de Dostoievski es el misterio. No nos referimos a una trama milimétricamente diseñada para llevarnos al desenlace, sino que estamos hablando de la sensación permanente de que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa. En este sentido, los personajes de Dostoievski pueden ser más bien buenas personas o más bien malas, pero siempre tienen algo detrás, alguna cosa altamente sospechosa, muchas veces relacionada con el lado más oscuro de la mente humana. Dostoievski es el primer escritor que retrata y describe rigurosamente determinadas anomalías psicológicas del ser humano, anomalías que en grado leve son normales y corrientes, pero que a veces se convierten en trastornos que hoy tenemos perfectamente diagnosticados (bipolaridad, esquizofrenia, paranoia, psicopatías, etc). Parece ser que el propio Dostoievski presentaba un cuadro psicológico muy rico en matices y con múltiples facetas, un cuadro no sabemos si propio o inducido, pero el talento del escritor es, como parece claro, pintar adecuadamente todo ese desbarajuste mental.
Porque la gran habilidad de Dostoievski aparece de verdad en el disparo del adjetivo, que decía Stendhal. Dostoievski utiliza sus herramientas expresivas con una precisión sensacional y mantiene una relación acorazada entre los tres elementos fundamentales de la actividad literaria, que son el personaje, el escritor, y el lector. No acabamos de saber nunca cómo funciona la cabeza de un personaje de Dostoiveski pero entendemos e identificamos perfectamente todo aquello que Dostoievski quiere contarnos de sus personajes. Vladimir Nabokov, gran escritor y crítico, decía que Dostoievski era un novelista mediocre porque sus personajes no evolucionaban a lo largo de la novela: eran la misma persona al principio y al final. Y yo, que lamentablemente no soy Nabokov, y desde el respeto absoluto al autor de Lolita o Ada y el Ardor, digo: ¿qué más da? Y, sobre todo, ¿hay alguien cuya personalidad evolucione a lo largo del tiempo? Muy pocos. La gente cambia poco. Lo difícil es ver lo que tenemos dentro, que a veces nos sorprende a nosotros mismos. Yo creo que Dostoievski es un gran escritor por lo que cuenta y creo que es mejor todavía por lo que no nos cuenta, por lo que nos esconde de sus personajes. Y hay una sensación constante que se tiene al leer a Dostoievski, que es la sensación de que los personajes son autónomos y a veces se le escapan al autor. Esa sensación es, a mi modo de ver, lo más interesante que puede ofrecer un escritor, aunque sospecho que es una sensación que a otras personas les parecerá una estupidez gigantesca. Como lector, prefiero este descontrol. Las novelas controladas, prietas y perfectamente rematadas tienen para mí un efecto estupefaciente y somnífero.
Se puede ver que esta entrada constituye un análisis literario aburridísimo y, sobre todo, superficial, pero el propósito que teníamos era el de tratar de hacer ver a cualquier ser humano mediano y corriente que, contra todo pronóstico, no es una mala idea dejar un momento el Candy Crush y demás agentes trituradores de las neuronas para enfrentarse a pecho descubierto con uno de estos ladrillos de Dostoievski, escritor ruso del siglo XIX. Es una actividad interesantísima que provoca la tonificación y lubricación de las grietas del cerebro, cada vez más resecas. Y es divertido. Lo digo en serio.
Que ustedes lo pasen bien.
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