La gente que escupe

Hay personas que van por la calle y escupen. Es un hecho comprobable. No estoy hablando de escupir por motivos estrictamente fisiológicos, derivados de algún desajuste de la tráquea o de un mal funcionamiento de las glándulas generadoras de la saliva, sino que estoy hablando del tic de escupir, el escupir continuamente porque sí, como hábito gratuito. Pensábamos que la costumbre de escupir no estaba muy extendida en Occidente, aunque me dicen que en Asia esta modalidad de lanzamiento salivar es una de las prácticas más habituales, y que se realiza de manera generalizada y continua.  

Podríamos pensar que este rasgo cultural de muchos asiáticos está extendiéndose por Europa, igual que lo hace la costumbre de comer rollitos de primavera o la de cenar pescado crudo envuelto en algas o en cualquier otra sustancia con sabor a detergente. Uno va por la calle en España y ve a mucha gente que escupe, aunque no debemos escudarnos en el influjo oriental, puesto que existen indicios que nos hacen sospechar que ya escupíamos antes de la invasión asiática. Sin ir más lejos, tengo el maravilloso recuerdo del conductor de una furgoneta que nos llevaba a la guardería a mí, a mi hermana y a otros niños, un conductor que escupía por la ventana en cada cruce y en cada semáforo; por entonces yo tenía cuatro años de edad, han pasado treinta y cuatro años desde aquella época, y el escupitajo ruidoso pervive en mi cerebro con una nitidez escalofriante.

En mi opinión, escupir es una guarrada asquerosa, y lo digo respetando al máximo la idiosincrasia consuetudinaria de cada uno y la libre decisión autónoma de soltar gargajos según a uno le venga en gana, porque es verdad que mientras el salivazo no vaya dirigido a nadie en concreto no hay un daño directo a la integridad de las personas. Sin embargo, el escupitajo que se lanza al suelo puede ser pisado por el transeúnte, provocándole un resbalón fatal, y además algunos ciudadanos pensamos que el hecho abstracto de escupir ya es algo dañino al ojo y al oído, independientemente de las consecuencias que tenga el gargajo para el medio ambiente.

Otro foco de nuevos escupidores habituales es el fútbol, Cuando uno ve un partido por la televisión, no es raro encontrarse con primeros planos de jugadores que protestan al árbitro y escupen alternativamente, sin freno. Esta modalidad de escupir puede justificarse en la tremenda abrasión que sufre la garganta del que está realizando una actividad física extrema. Menos justificable es el escupitajo de un entrenador, escupitajo que también se da y que también queda retratado por televisión no pocas veces. La gente joven que ve estos partidos toma como referencia cualquier cosa que vea hacer a los deportistas y procede a copiarla, empezando por los peinados grotescos, siguiendo por los tatuajes y terminando en la mencionada habilidad del lanzamiento salivar.

No podemos impedir que los futbolistas escupan. De hecho, no podemos reglamentar y acotar el lanzamiento del escupitajo bajo ninguna circunstancia ni en ningún ámbito de la vida española sin caer en el totalitarismo de costumbres. Lo que sí podemos hacer, en cambio, es proponernos dejar de escupir y tratar de conseguirlo, cada uno de nosotros, dentro de nuestras posibilidades individuales; ya sé que este asunto tiene una importancia minúscula si lo comparamos con las catástrofes generales con las que nos enfrentamos a diario, pero también sé que la interrupción voluntaria de esta dinámica puede ser un primer paso para salir de la encerrona global en la que estamos viviendo. O, evidentemente, puede que no. Seamos claros y reconozcamos que escupir no parece un factor capital en el desarrollo de la crisis. Pero también es evidente que dejar de escupir no va a hacer ningún mal a nadie.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

3 comentarios en “La gente que escupe”

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