Me gustaría tratar un asunto que para muchas personas no tiene la menor importancia, y este asunto es el de dar el pecho en público. Alimentar de esa manera a una criatura es un procedimiento naturalísimo que forma parte de la dinámica consustancial a la familia de los mamíferos, cuya misma denominación (mamíferos) aporta incluso al lector menos avispado la suficiente información sobre su funcionamiento biológico. En el caso específico de los seres humanos, la necesidad de amamantar es la misma que la que tienen los demás seres vivos de esta naturaleza, pero nosotros hemos matizado esta actividad a través de diferentes procesos sociales y tecnológicos; afortunadamente, existen técnicas de alimentación sintética que cubren con total garantía las posibles carencias en este ámbito. Todo esto no requiere una explicación más profunda, pese a que no es un fenómeno sencillo, ni mucho menos.
Los especialistas siguen recomendando la leche materna por encima de las artificiales; está demostrado que los avances científicos no son capaces de recoger todas las virtudes ocultas y casi milagrosas de esta sustancia natural procedente de las glándulas mamarias. En vista de lo cual, el amamantamiento humano sigue a la orden del día, y bien está que así sea. No obstante, el pecho femenino ha sido durante siglos un elemento oculto y misterioso en muchos de los sistemas culturales de Occidente, y ese misterio proviene probablemente de la doble condición de las glándulas: por un lado, suministran la mencionada leche vital, pero por otro lado son agentes decisivos en el ámbito de la voluptuosidad sexual. Debido a este último aspecto, el pecho femenino ha sido víctima de la tradicional persecución a la que siempre se ha sometido a todo lo relacionado con la moral sexual.
Todo esto son obviedades conocidas por cualquiera. Lamentablemente, y pese a que hoy por hoy ya deberíamos haber superado estos prejuicios, la aparición imprevista de un pecho descubierto en cualquier reunión social sigue provocando un levísimo sobresalto, al menos entre la población masculina, y esto no es debido tanto al propio pecho sino más bien a su aparición sorpresiva. Un pecho que surge en circunstancias previsibles no tiene ninguna importancia, pero ante un pecho repentino y más o menos extemporáneo, el hombre no sabe qué hacer, y así son las cosas. No sabemos hacia dónde mirar, no sabemos cómo comportarnos y existen pocas posibilidades de que podamos mantener una conversación normal con esa madre que acaba de extraer el pecho de su funda.
Esta realidad personal, tan poco apropiada en el hombre del siglo XXI, es penosa y casi increíble, pero no por ello tenemos que ignorarla. Evidentemente, las mujeres que dan el pecho en público consideran que este problema no existe, porque siguen poniendo en práctica su plan alimenticio. Por otra parte, en los últimos años se ha implantado desde los círculos de la pediatría una corriente conocida como la alimentación del bebé a demanda, que consiste en dar el pecho a un niño cuando al niño le parezca bien, sin que se le trate de inculcar a la pobre criatura la menor disciplina horaria. Con esta moda reciente, cada vez que el niño llora un poco se procede al suministro lácteo, por lo que las tomas se multiplican a lo largo de la jornada, y ocurre que esa famosa demanda puede producirse en los lugares más concurridos. En consecuencia, las posibilidades de encontrarnos con un amamantamiento público han aumentado muchísimo.
El problema planteado puede parecer ridículo o sólo concebible desde la mentalidad más retrógrada, pero sospecho que un determinado número de hombres de nuestra época enfoca este asunto con la incomodidad que acabamos de describir. Es evidente que tendremos que adaptarnos cueste lo que cueste, aunque también nos gustaría poner de manifiesto que nosotros, los retrógrados, preferiríamos que el amamantamiento se pusiera en práctica en el ámbito privado, dicho sea con todo el respeto y con la admiración máxima hacia las madres lactantes. Sabemos que dar el pecho es una actividad natural, pero también diremos que existe un buen número de actividades en la vida perfectamente naturales cuya contemplación presencial está muy lejos de ser confortable (por ejemplo, las relativas al movimiento digestivo), y que en aras de la urbanidad han sido circunscritas a la privacidad más estricta. No está en nuestro ánimo el hacer comparaciones inapropiadas, pero sí el tratar de describir lo que nos rodea.
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