Como creo haber dicho ya en este blog, la juventud es una etapa de la vida durante la cual la gente se ve inmersa en un desbarajuste general considerable, y van pasando las semanas mientras uno vaga por cualquier sitio sin rumbo fijo y dejando su huella absurda por donde pasa. En esta etapa se producen episodios tremendos de depresión, de pérdidas de papeles grotescas y de equivocación persistente. En este escenario, yo empecé a leer a Francisco Umbral. Umbral es un escritor deslumbrante en el sentido más literal del término: la luz que emitía ocultaba todo lo que se encontrara a su alrededor. Umbral fue un articulista con una fijación única, que era la del éxito a través del juego lingüístico. Umbral escribió durante treinta años una columna diaria en la que hablaba de cualquier cosa con insólita facilidad, porque en realidad el tema único de Umbral era Umbral y, por extensión, el manejo de la herramienta lingüística que Umbral desarrollaba en cada párrafo.
Yo quedé maravillado por Umbral, por el juego de Umbral. Umbral sacaba sus recursos (musicales, sintácticos, su oído popular, su capacidad sintética) y se dedicaba a fijar y rematar párrafos brillantes como una máquina productora de tropos en cadena. Con Umbral ocurría lo mismo que con Bob Dylan: el fulgor de los textos impedía cualquier reflexión sobre los mismos y, simultáneamente, sustraía toda la luz a la competencia, a los otros escritores de periódicos (en el caso de Umbral) y a los otros músicos (en el caso de Dylan), que quedaban empequeñecidos y mustios por comparación (dentro de la superficialidad de cualquier comparación hecha bajo los efectos del deslumbramiento).
Ya digo que yo estaba perfectamente hipnotizado por Umbral; ésa es la verdad pura y simple. Sin embargo, y muy poco a poco, hay un proceso de ventilación cerebral que provoca que uno mismo tienda de una manera extrañísima a buscar la precisión. Uno empieza a escribir, y enseguida se da cuenta de que, si se tiene un cierto oído y una cierta intuición estética, la producción de literatura mas o menos aparente y pirotécnica no es algo tan complicado; uno se da cuenta de que lo verdaderamente exigente, lo difícil, es ser preciso. Lo difícil es encontrar la palabra adecuada a la idea que uno quiere expresar. Y uno se da cuenta de que si uno no es preciso, y si no se ajusta a la idea original, está mintiendo, aunque lo haga brillantemente. Este descubrimiento es un hecho horripilante, porque supone una cura de humildad para cualquiera que tenga facilidad para la escritura opulenta y florida.
Mientras descubría esta realidad tremenda, tuve la oportunidad de empezar a leer a Arcadi Espada. Este escritor parecía mantener una cruzada absoluta contra la imprecisión y la charlatanería, y lo hacía con un espíritu tan recalcitrante, tan obsesivo, que uno podía ver que aquello iba a acabar mal para él. Espada salió del diario El País: entiendo que un hombre con esta vocación de claridad no podía permanecer en un periódico cuya cabecera tenía un lema tan confuso como aquello de «Diario Independiente De La Mañana». Espada se pasó a El Mundo, desde donde escribe con regularidad.
Soy aficionado a Espada. Espada dedica muchísimas columnas a combatir lo que él denomina bullshit, que es algo así como la charlatanería generalizada con la que la gente se abre paso en la vida con gran éxito, pero que es fuente y origen de cosas terribles. La beligerancia de Arcadi Espada hacia la inexactitud y, por extensión, hacia la mentira, hace que para determinadas personas este escritor resulte denso, repetitivo y trabajoso; supongo que él lo sabe y aun así sigue su camino, que es un camino de excelencia en el que este buen señor viaja casi solo.
En consecuencia, yo he hecho el recorrido desde Umbral hasta Espada. Hoy veo a Umbral y todo lo que veo es juego. Umbral se valía de su ristra de volutas para rematar cosas de cualquier manera, chapuceramente; Umbral avanzaba con facilidad aérea porque llevaba pocas cosas en la mochila. Espada, en cambio, se detiene en los conceptos y les pasa un paño hasta que están claros. En realidad, ambos escritores de periódicos se parecen en un rasgo fundamental, que es la obsesión: Umbral estaba obsesionado con la sonoridad de la frase y con la redondez del párrafo; Espada, por el contrario, es un obseso de la antiliteratura, del antidandismo literario, llegando al extremo del aborrecimiento de la ficción en general, incluso aunque ésta se encuentre perfectamente estabulada en sus límites legales; en eso me recuerda a don Pío Baroja, quien, con su abrigo roído, su txapela y su guerra contra la retórica, llevaba el antidandismo literario hasta el extremo de convertirlo en otra forma de dandismo (por decirlo, mira por dónde, en términos umbralianos, o sea).
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