Media Markt borró mi vida

No soy una persona que funcione bien en el plano práctico. No puedo controlar ni el más elemental cachivache; la tecnología me da miedo. Cuando tengo que comprarme algún chisme me guío indefectiblemente por la publicidad más elemental; por tanto, me compré un  ordenador en Media Markt, ese almacén glacial que promete el mejor precio. Ciertamente, el precio fue ridículo, y me fui a casa con la alegría del desembolso reducido, sinténdome menos idiota de lo habitual. Con el paso de las semanas, fui almacenando en el nuevo aparato fotografías, textos y documentos de la mayor importancia personal, incluyendo todas las imágenes que tenía de mi jovencísimo hijo.

Y de pronto ocurrió lo que ustedes se imaginan: un buen día, el ordenador se negó a ponerse en marcha. Bufaba y resoplaba, sí, pero nada aparecía en la pantalla. De inmediato lo llevé a Media Markt, ese almacen glacial, pero fui con unas instrucciones precisas de mi mujer (mi mujer sabe de esto): que, en caso de que fuera preciso modificar el disco duro para arreglar el ordenador, pediríamos a Meida Markt que nos avisara para que recogiésemos el aparato e intentásemos arreglarlo por otros medios y salvar así nuestros archivos; naturalmente, yo no entiendo una palabra de esto que acabo de escribir, pero me dirigí al almacén con la intención de recitar tan ininteligible texto ante los empleados de la empresa a la menor oportunidad.

Dejé el ordenador en el llamado Servicio Post Venta y comuniqué a los que allí estaban las precisas instrucciones. Me dijeron que no habría ningún problema: si había que cambiar el disco duro, me avisarían antes para que me llevase el ordenador.

Tres semanas después, ningún empleado de Media Markt me había llamado para comunicarme una cosa u otra. Les llamé yo; me dijeron que en una semana el ordenador iba a estar reparado. En efecto, una semana después me llamaron diciéndome que estaba arreglado; me personé en el almacen glacial y me dieron el ordenador. Les pregunté sobre el retraso y sobre el problema que habían encontrado en el aparato; una empleada de unos catorce años de edad me dijo que, según el albarán, y dadas las circunstancias del caso, habían tenido que proceder a cambiar el disco duro de mi ordenador.

Ya he dicho que estoy muy lejos de tener un conocimiento mínimo de informática, pero en aquel momento algo se iluminó en mi cerebro y me di cuenta de que la catástrofe estaba próxima. Un cambio de disco duro era la situación a evitar por todos los medios. Expuse a la empleada adolescente mis circunstancias y mis preocupaciones, y lo hice de un modo más o menos emotivo, creo yo, puesto que la chica se inquietó y me dijo que quizá los que me habían reparado el ordenador “no habrían tenido que modificar el disco duro”. Quizá no.

Naturalmente, pronto pude comprobar que jamás se ha visto un embuste mayor. Llegué a mi casa, enchufé el chisme, lo arranqué, y allí todo era fabuloso, salvo que no había nada. Ni textos, ni documentos de la mayor importancia personal, ni siquiera una sola de las fotos de la vida de mi hijo. Nada. Un solar cibernético e intergaláctico. Unos iconos muertos, sin contenido.

Volví a Media Markt con unas ganas evidentes de pegar puñetazos. Expuse mi caso con toda la calma que pude a otra empleada quinceañera de la sección de Servicio Post Venta; me remitió al departamento de Atención al Cliente. Allí, un nuevo adolescente me proporcionó las hojas de reclamaciones correspondientes y, al menos, soportó con calma la enfurecida narración que le hice de mi caso. Cuando acabé de contarle todo, me miró sin ninguna expresividad y me dijo: “Tranqui, que esto pasa a saco de veces aquí, hombre; no hay nada que hacer”.

Esta es, de una manera muy esquemática, mi relación con ese almacén gélido. Nada puedo hacer para recuperar los recuerdos de mi vida adulta. Media Markt sigue abierto y avanza como una locomotora, aunque no sé adónde, y desde luego no sé con quién: conmigo, no.

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Publicado por

Pedro Gumuzio

Escritor. Coautor del libro "Tambor, el mundo según Gonzalo Artiach" (Plataforma Editorial, 2010) y autor de la novela "La herramienta comercial" (Ed. Top Performers, 2011)

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