Para quién escribimos

De las discusiones sobre libros solamente se pueden sacar más nombres de libros, más libros que leer, pero estaría bien que nadie quisiera extraer de ellas un canon dogmático, aplastante, de obligado cumplimiento. Y a la hora de escribir debemos tener en cuenta que, como autores, nos vendría muy bien que el lector no se nos cayese por el camino. O sea, que debemos ser amenos. Hay que entretener.

Naturalmente, estaría bien definir qué es entretener. Si resulta que he escrito un libro aburridísimo —es una desgracia, sí, pero hay cosas peores en la vida, señora—, tal vez pueda conseguir la atención de aquellos que se pasan la vida enamorados promiscuamente de los libros aburridos. Esas personas existen, viven entre nosotros y tienen derecho a engullir un ladrillo literario espeso si es lo que les emociona; mal entretenimiento parece, pero no hace daño más que a uno mismo, y definitivamente hay cosas peores en la vida. En ese afortunado caso, si se ha conseguido conectar con estos señores de gusto tan juanetudo, el escritor habrá encontrado su público, y el público habrá encontrado su alimento literario hipercalórico y ventripotente, y este feliz encuentro habrá sido en buena hora, por muy minoritario que todo esto parezca.

Si, por el contrario, uno está buscando por encima de todo entretener con ligereza y amenidad a un público amplio y poco inclinado a la indigestión literaria, es evidente que sus libros no pueden dejar de ser ligeros y entretenidos. Lo último que debe de hacer un escritor es aburrir a su público, sea el que sea, numeroso o escaso.

Los que nos dedicamos oscuramente a escribir mientras todos ustedes viven sus agradabilísimas o miserables vidas siempre estamos dudando sobre la amenidad de nuestros textos, y muchas veces no tenemos referencias porque hemos optado por escribir según nuestros gustos personales, que a veces son una cosa complicadísima. Mi opinión sobre este asunto es que uno debe intentar escribir algo original y que le guste, y después tiene que hacerlo, que conseguirlo, y no hablo solamente de terminarlo, sino de poner sobre un papel lo que uno se había propuesto poner.

Hablo de que el texto sea un retrato fiel del pensamiento primigenio, de esa idea que uno tuvo en la oscuridad recóndita y desolada de su interior.

En eso estoy, y espero que ustedes lo vean pronto.  

Deja un comentario